El vicepresidente de Finanzas y Administración de la minera Buenaventura dejará su cargo para dar espacio a las nuevas generaciones.
Carlos Gálvez Pinillos recibe a la prensa generalmente en una sala con
muebles de cuero, en el piso 21 del edificio Begonias, en el distrito de San
Isidro, desde el que se observa la parte Este de la ciudad de Lima. En las
paredes cuelgan fotografías de las operaciones de la minera, y tres en las que
aparece él junto con familiares de los Benavides, Roque entre ellos, dando el
campanazo en la Bolsa de Valores de Nueva York.
Las fotos datan de 1997. Hay
también en un pequeño mueble trofeos y reconocimientos, y la escultura de un
minero rechoncho del artista Marcelo Wong,
con la insignia de Marsa. En el sitio que ocupará el ejecutivo, de espaldas a
la ventana, su secretaria ha colocado un vaso de agua. “Él siempre se sienta
allí”, comenta.
El observador atento notará que Gálvez, antes de atender a su visita,
quiere que esta sepa con qué tipo de persona se encontrará. En un flanco de la
habitación, y en letra muy grande en fondo blanco y enmarcada, se pueden leer
frases como esta: NO HAY NADA MÁS ADMIRABLE QUE UNA PERSONA QUE HABLA CLARO
DESDE EL PRINCIPIO, o una máxima de un tal Josep Maria Rosanas, un profesor especialista
en contabilidad de costos, según Google, que dice como sigue: A TODAS LAS
PERSONAS QUE EN SU VIDA HAN COMETIDO UN ERROR GRAVE Y LO SABEN, CON TODO MI
AFECTO Y COMPRENSIÓN POR FORMAR YO MISMO PARTE DEL GRUPO.
El gusto de Gálvez se extiende también hasta una frase del muy citado
William Arthur Ward, ex miembro de la Cruz Roja y de los niños exploradores. El
pensamiento de Arthur Ward que Gálvez Pinillos optó por colocar en su sala para
las visitas es el siguiente: EL PESIMISTA SE QUEJA DEL VIENTO, EL OPTIMISTA
ESPERA QUE CAMBIE, EL REALISTA AJUSTA LAS VELAS.
En total hay seis frases enmarcadas y con fondo blanco que el intruso
en Buenaventura puede leer cuando llega al piso 21, dos de ellas están escritas
en inglés. Gálvez suele dar un tiempo a la visita para que las lea antes de
hacer su ingreso por una puerta lateral. “Asiento, asiento”, dice cuando la
traspasa el hombre que ha sido testigo de todas las cimas y simas de la
corporación que hoy lista sus papeles en la Bolsa de Valores de Nueva York. “No
te voy a hablar tonterías; yo hablo sin filtros”.
FUERTE Y CLARO
El estilo de comunicación de Gálvez está en permanente tensión, como un
arco tensado, con las palabras siempre en la punta de la lengua, como
clavadistas al borde del risco, inclinados para dar el salto. Nadie quería a
Carlos Gálvez tras los micrófonos cuando asumió la presidencia de la Sociedad
Nacional de Minería, Petróleo y Energía. Aceptó este puesto rodeado de una mala
vibra y envuelto en negros augurios, pero también empujado hacia este nuevo
desafío por sus amigos, que son pocos.
Pero a Carlos Gálvez le ofrecieron el puesto por una razón: él es la
vanguardia del sector minero y de Buenaventura. Es todo un batallón al que
envían, cuando falla la delicadeza del lenguaje y la liviandad de las formas,
al campo de batalla. Es la carne de cañón cuando la situación requiere un
hombre directo y poco político, que es lo mismo que honesto. Es el arpón que
utilizan para matar al dragón, el ariete con el que hacen un agujero en la
puerta del castillo, el misil con el que derriban al caza.
“Nadie quería el
puesto porque nadie quería levantar la voz”, dice hoy Gálvez, ocho meses después
de haberz y decirle
al presidente de ese entonces [Ollanta Humala] que el país no estaba
encaminado, culminado su mandato al frente de uno de los gremios más importantes del país. Hoy, y con tranquilidad, el ejecutivo confiesa que para Buenaventura “fue un riesgo grande darme ese encargo porque sabían y saben que yo no tengo filtros, y lo primero que hice al asumir el cargo fue elevar la vo y que era el gran responsable de la debacle del sector minero y de
la situación en general”.
Un gran defecto de nuestros gobernantes en todos los niveles es que
entienden poco o nada de economía y su
función como impulsadora del desarrollo, dice Gálvez. “Tenemos que utilizar los
recursos que nos ha dado la naturaleza para generar la riqueza necesaria para
invertir intensivamente en educación, no hay nada nuevo, la receta ya es
conocida. Sin inversión en educación, no habrá diversificación productiva ni
desarrollo”.
El escritor Oscar Wilde decía que demasiada sinceridad es
“absolutamente fatal”. Pero a Gálvez le tiene esto sin cuidado: “Hablo claro desde
el principio porque nuestro problema es que no hablamos claro, le damos muchas
vueltas a las cosas”.
DISCIPLINA MILITAR
Gálvez Pinillos tiene aún actitudes militares propias de haber recibido
una educación castrense en casa. Nació en la Maison de Santé en 1952, el Día de
los Muertos. Mantiene el cabello de nieve corto y en orden, los zapatos
brillosos, la camisa sin arrugas y el saco limpio. Asistió a un colegio
católico pero en casa, en lugar de enseñarle su padre a dar la otra mejilla, le
instruyó en el misterioso arte de soportar el castigo físico.
“Mi padre nos educó a mí y a mis hermanos —somos cinco—con disciplina
paternal, o sea, con patadas en el trasero”. En casa, las reglas eran claras. Los miembros
de la familia Gálvez Pinillos conocían sus funciones, sus responsabilidades y
sus límites, y todo lo hacían por orden de antigüedad. Cuando sonaba el teléfono, quien debía contestar era
el menor. Todas las semanas, sin excepción, Carlos y sus hermanos acudían al
peluquero, primero por orden del padre, luego por costumbre, más tarde, acaso,
por nostalgia. “Uno se acostumbra a una disciplina”.
En sus mejores —o peores— momentos, Carlos Gálvez llegó a fumar hasta
tres cajetillas de cigarrillos diarias. Abandonó el vicio a los 33 años porque
una de sus hijas se lo pidió. Y acaso también porque recordó a su padre. Hubo
un tiempo en que la familia Gálvez Pinillos vivió en Iquitos. Su padre era
militar, y un militar siempre está en movimiento. El niño Carlos tenía nueve
años, y con un amigo decidieron fumar por primera vez en sus vidas.
Adquirieron, y aún no sabe cómo, una cajetilla de cigarrillos Aviación, de
tabaco negro y oloroso. Y entonces su madre Cristina los pilló: “Espérate nomás
que llegue tu padre”.
Y su padre llegó, y pidió a los niños que lo acompañaran
al comedor. Allí prendió un vela y dijo: “Niños, ¿les gusta fumar? Pues
comiencen”. Y los niños fumaron, diez cigarros cada uno. Recuerda Carlos Gálvez
que se le quemaron los dedos y la cabeza le daba vueltas de trompo. Tras ello,
el padre de Carlos le dijo a su amigo que retornara a su casa, y al suyo lo
metió a la ducha. “Si quieres seguir fumando, hijo, me avisas; podrás hacerlo
pero siempre de esta manera”.
Gálvez Pinillos no ha sido un padre como su padre. Ha sido muy
estricto, alega, pero nunca ha tocado a sus hijos. “Por el contrario, les he
hablado”, confiesa, “y ellos siempre me han dicho que hubiesen preferido que
les dé de golpes porque, me dicen, suelo hablar cosas que los conmueven
profundamente. Y las palabras acaso duelen más que una patada en el trasero”.
DESPERTAR SOCIAL
En el Congreso, una legisladora oriunda de la selva peruana lo acusó de
vivir en una burbuja, de ser “un limeñito que compra agua en Wong” y de
mantenerse ajeno a la realidad nacional por ser parte de la clase social alta.
A Gálvez le incomodó sobremanera esta aseveración, y dado que la parlamentaria
se refirió a él, pidió al presidente de la Comisión de Energía y Minas la
palabra. Y entonces estalló: “Quiero decirle que soy hijo de militar, eso me ha
permitido conocer el Perú, vivir el Perú, conocer distintos lugares, y si por
la congresista no lo sabe, yo he vivido y estudiado en la selva, de chico, ocho
o nueve años de edad, y he retornado en mis veinte; he recorrido la selva,
desde Iquitos, pasando por Nauta; he navegado por El Tigre, el Pastaza, hasta
Borja, hasta Pinglo”.
Ese viaje por la selva, por el infierno verde, lo hizo junto a uno de
sus hermanos, cuatro años mayor que él, y quien ahora es almirante de la
Marina. Recorrieron los ríos en naves, rodeados de cabezas de plátanos verdes y
gallinas ansiosas, hace muchas décadas, para dar testimonio luego de la
magnitud de la pobreza en la zona del Trapecio Amazónico. “Pero por supuesto
que esa imagen le marca a uno la vida”, afirma hoy, muchas décadas después de
aquel viaje de descubrimiento. Y continúa: “Por eso le digo a los políticos que
es una barbaridad que hayan pasado más de medio siglo, que hayamos tenido una
historia petrolera, con una producción de más de 200 mil barriles, que se haya
cobrado impuestos, canon, regalías.
¿A dónde ha ido a parar todo ese dinero? Infiero
que o en los lugares en donde está la mayoría de votantes, que es Lima, o a los
bolsillos de los políticos corruptos. ¡No han hecho nada! Por eso tenemos hoy
esas reacciones naturales de los pobladores, ¡cómo no lo voy a entender!, pues
se sienten olvidados, y con justa razón”.
ESTUDIOS
Carlos Gálvez, y él mismo lo admite, no ha sido un estudiante
brillante. Durante su etapa escolar, le agradaron las ciencias exactas pero
materias como la Historia le parecieron en ese entonces “soberanamente aburridas”.
Ahora, con tantos años sobre la espalda, conjetura que quien falló no fue el
Gálvez alumno sino el profesor, que no supo transmitir pasión ni generar
entusiasmo por lo que compartía.
Gálvez se interesó en la Anatomía porque se la enseñó un médico, y hoy
se jacta de poder reconocer algunas enfermedades y sus probables curas; la
Física se la impartieron ingenieros, quienes no llenaron al niño Gálvez de
fórmulas matemáticas sino que abrieron en canal los objetos para explicar a los
alumnos por qué la electricidad es parte del magnetismo y por qué la órbita de
la Tierra en torno al Sol es elíptica.
“Todos estos conocimientos básicos me han servido después. He tenido el
encargo de gerenciar la construcción de una central hidroeléctrica [Huanza], y
en el proceso he recordado muchas de las enseñanzas de cuarto y quinto de
media, Yo, al final, estudié Economía”, y actualmente no se siente ni de
Friedman ni de Keynes sino “del bando de la racionalidad”.
Gálvez estudió Economía en la Universidad Federico Villarreal luego de
que su padre intentó convencerlo de asistir a la Escuela Naval, que Carlos
abandonó al año (“No es para mí, padre”), y después de pagarle sus estudios de
Arquitectura en la Pontificia Universidad Católica del Perú, también por un año
(“Francamente, me dediqué a vagabundear pues era mi primer año de verdadera
libertad y me tuve que ir antes de que me boten”).
Su padre lo levantó una mañana, la mañana en que cumplió dieciocho
años, para comunicarle que en casa, de ahora en adelante, solo encontraría una
cama y comida “pero nada más, porque yo no mantengo ociosos”. La conversación
entre un soñoliento Carlos Gálvez y su padre comenzó así:
—Buenos días, jovencito, ¿qué edad cumple usted hoy?
—Dieciocho, papá.
—Bueno, quiero decirte que desde hoy se acabaron mis obligaciones para
contigo; en esta casa vas a tener dónde dormir y comida, pero nada más; yo no
mantengo ociosos. Ya me has costado la Escuela Naval, la Católica, y desde
ahora, si quieres estudiar, trabajas y te pagas tu carrera; ya verás cómo haces
porque yo terminé.
La comunicación en casa de los
Gálvez Pinillos siempre fue clara y directa. El joven Carlos buscó trabajo, y
lo encontró en el desaparecido Banco Minero del Perú. “Conseguí un puesto de
chupe”, rememora, en el departamento de Planeamiento. Se rodeó de economistas,
quienes le orientaron a estudiar la misma carrera, y dado que debía conservar
su trabajo, decidió hacerlo en la Villarreal, que le quedaba muy cerca.
A la hora del refrigerio,
mientras los demás se alimentaban,
él asistía a clases, y al momento en que todos se iban a casa, él volvía a la
universidad y se quedaba en ella hasta las diez de la noche. En el trayecto
comía un pan con huevo y bebía una coca-cola. Culminadas las clases, caminaba
hasta la puerta del Teatro Colón y esperaba el transporte público, que lo
llevaba hasta Barranco. Y así por cinco años.
CRISTINO
Cristina Pinillos es el nombre de la madre de Carlos Gálvez, “una
señora linda que falleció de un aneurisma cerebral cuando tenía 69 años”, y
quien siempre decía a Carlos, cuando encontraba a este planeando una travesura,
“espera nomás que se entere tu padre”. Y su padre se enteraba siempre. El
actual ejecutivo de Compañía de Minas Buenaventura fue el favorito de su madre,
acaso porque era el más rebelde, el hijo con el futuro más incierto, con el
camino menos claro.
Carlos Gálvez es el que más parecido físico guarda con su madre, a tal
punto que en el círculo íntimo de la familia lo llamaban Cristino. Muchos de
los más grandes sustos a su madre los causó Carlos con su comportamiento
errático o, como él lo describe ahora, “muy veleto”.
Gálvez no es un lenguaraz; es un hombre prudente, al que le gana la
sinceridad. En cierta medida, sufre de “incontinencia de verdad”. En él, muchos
analistas han visto a un tipo duro, y los tipos duros, ya lo decía Norman
Mailer, no bailan, sino que se quedan en un rincón de la sala, oteando a los
demás, aprendiendo de los demás, renegando de los demás. Como todo hombre
honesto, es un lobo estepario de pocos amigos. Él no ofrece su amistad. Quien
quiera acercarse a su corazón, deberá primero cruzar el muro de hielo que ha
construido entre él y la humanidad. Las personas verdaderamente sinceras suelen
tener pocos amigos; Gálvez tiene poquísimos.
Carlos Gálvez Pinillos desapareció de casa dos veces. La primera sin
saberlo; la segunda porque no lo consintieron. Recuerda que a la tierna edad de
casi tres años, cuando la familia vivía en un pueblo de Piura, arrastrando su
camioncito, llegó casi a la frontera con Ecuador, y logró retornar a casa
porque un conocido de su padre lo encontró vagabundeando por el camino de
tierra.
La segunda ocasión en la que Carlos abandonó su hogar sucedió cuando la
familia habitaba una casa en Chorrillos. Unos tíos muy queridos invitaron a su
hermano mayor a almorzar pero no a él. Y entonces comenzó la pataleta del niño
Carlos, y su madre Cristina, para detener de raíz ese comportamiento arrogante,
soltó: “Pues si quieres irte, pues vete”. Y Carlos se fue pero no a casa de sus
tíos, a Barranco, sino al Morro Solar.
Desde la protección de las alturas, recuerda, vio llegar a casa a su
padre, que seguía unos cursos en la Escuela de Guerra, percibió la
desesperación de su madre al no tener idea del escondrijo de su hijo. “Mi padre
recorrió las avenidas Olaya y Huaylas, y yo, desde el morro, lo veía buscarme”,
recuerda. “Entonces decidí regresar a casa por el hambre, y me cayó una tunda”.
UNA DEUDA
Carlos Gálvez tiene cuarenta años en Compañía de Minas Buenaventura y
47 de experiencia en el sector minero, y
ahora dejará libre su puesto de vicepresidente de Finanzas y Administración
debido a una decisión corporativa adoptada hace mucho, y que obliga a los
ejecutivos de la empresa que cumplan 65 años abandonar “el rol ejecutivo”.
Gálvez acatará esa decisión pero no se alejará de la minera del todo
pues seguirá siendo parte del directorio de siete subsidiarias y ocupará un
sitio de importancia en el de dos compañías afiliadas. Esta es una política de
Buenaventura que todos cumplen porque, de otro modo, afirma, “los viejos no
estaríamos dejando espacio para la gente joven”.
El Carlos Gálvez que es hoy se lo debe mucho a la empresa para la que
trabaja, Compañía de Minas Buenaventura. Su aterrizaje en la minera se debe a
una confabulación de las estrellas. Esa es la explicación más racional que
existe. También podríamos decir que todo se debe al azar, y sería una
afirmación acertada. En síntesis, sucedió de este modo. El Banco Minero cambió
de directorio, y a la cabeza pusieron a Ernesto Baertl Montori y un equipo de
profesionales, entre ellos Alfonso Brazzini Díaz-Ufano, que salía de la Cerro
de Pasco Corporation y que posteriormente le tomó cariño a Carlos Gálvez.
A finales de los años setenta, Mercedes Benavides, hija de Alberto
Benavides de la Quintana y jefa de Tesorería de la empresa, decide casarse y
dejar libre su puesto, que ulteriormente sería ocupado por Gálvez, por
recomendación de Brazzini. El primero de febrero de 1987 Carlos ingresó a
Compañía de Minas Buenaventura.
Decidir trabajar para la minera es una de las decisiones más
trascendentales en la vida de Gálvez Pinillos. Llegó sin tener estudios de
maestría, y la compañía se los pagó. Llegó sin saber hablar inglés, y a los 33
años, por insistencia de sus superiores, Carlos hizo sus mejores esfuerzos por
aprender la lengua.
Tras el arduo trabajo de listar la empresa en la Bolsa de Valores de la
Gran Manzana —“muchas amanecidas y mucho diálogo entre Lima y Nueva York”—, la
compañía le pide a Gálvez que vuelva a las aulas, al Programa de Desarrollo
Gerencial de la Escuela de Negocios de la Universidad de Harvard. Después, en
el 2005, Gálvez Pinillos, con el apoyo de Buenaventura, vuelve a clases en esta
institución estadounidense para cursar el Programa Avanzado de Gerencia.
“Buenaventura ha hecho por mi familia y por mí algo que nunca podré pagar”,
reconoce.
Harvard ha sido uno de esos momentos en su vida en el que ha vuelto a
reconsiderar todo lo que sabe. La última vez que pisó esta institución, el
decano, en su discurso final, le dijo a toda la promoción de Gálvez lo
siguiente: “Quiero decir que el Advanced
Management Program de la Harvard Business School es el programa en donde
ponemos todas nuestras expectativas, porque
es absolutamente innovador. Los quiero
felicitar porque han terminado con éxito este programa, pero lo que quiero
decirles es que lo que ustedes han recibido es lo último que hay en
conocimiento, y debo advertirles, además, que como esto es lo último en
conocimiento, no ha sido probado. No sabemos si funciona o no, y de ustedes
depende el feedback, porque la
próxima generación de estudiantes recibirá un programa también innovado”.
En el Perú, y esto es uno de los hechos que más enfada a Gálvez,
“enseñamos con el mismo libro de hace cincuenta años” y lo que debemos hacer,
insiste, es educar “cómo lo hacen las mejores universidades del mundo”.
El sucesor de Carlos Gálvez Pinillos
en el cargo de vicepresidente de Finanzas y Administración de Compañía de Minas
Buenaventura será Leandro García, un tipo que reclutó Gálvez cuando aquél tenía veinte años. De lo que también presume
Gálvez es de haber “incorporado a la empresa tres generaciones que asumirán
retos y contribuirán con la compañía”.
Añade que esa es una forma de pagar
a Buenaventura todo lo que ha hecho por él. ¿Qué vio Gálvez en García? “Lo que
más busco son personas con valores, y partir de allí puedo enseñar lo bueno, lo
malo, lo feo y hasta las mañas; pero necesito que la persona tenga valores, si
no, no me sirve”, afirma. “Puedes saber o no saber, eso no importa, no importa,
créeme”, acota.
(Publicado en revista Energiminas, edición 59)






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